Confiteria Saint Moritz

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Primera opinión del lugar

Esta confitería ubicada en la calle Paraguay 802 abrió sus puertas en 1959 en épocas en que Hernán Giralt era el intendente porteño y Arturo Frondizi presidente de la Nación. En poco tiempo se ganó la adhesión de una importante clientela y se transformó en verdadero referente de la zona.
SAINT MORITZ RESCATA LOS VIEJOS VALORES DE LAS CONFITERIAS DE LA DECADA DEL 50. SU CARTA SE ADAPTA A LOS NUEVOS TIEMPOS, PERO EL AMBIENTE Y LA ATENCIoN NOS REMONTAN A UNA BUENOS AIRES PLAGADA DE CAFETINES Y DE BARES QUE TANTO EXTRAÑAMOS.

En esta esquina del barrio de Retiro, llama la atención un bellísimo y extenso cartel en letra cursiva roja que dice “Confitería”. Y para que se entienda bien, lo dice dos veces, una sobre la calle Paraguay y otra sobre Esmeralda; y justo en el medio, sobre la ochava, se lee “Saint Moritz”. Para entrar hay que atravesar las puertas vaivén de vidrio y madera y luego, una vez adentro de un inmenso salón, habrá que decidir junto a cuál de los dos ventanales sentarse aunque, en caso de estar ocupados, también vale la pena ir directamente a la barra sobre todo si es la hora del aperitivo. Totalmente revestido en madera oscura, con grandes ventanales y superficies espejadas (sus columnas, también de espejo, producen un efecto hipnótico) el estilo del lugar es, sin dudas, de los años 50, dato que luego confirmará Alejandro, uno de los dos hermanos y socios que lo administran, quien ratificó que este encantador lugar comenzó a funcionar en 1959. Haciendo un recorrido con la mirada, resaltan mucho las sillas de cuero rojo y los manteles amarillos con el nombre Saint Moritz bordado, algunos pósters con dibujos turísticos de este conocido centro de esquí suizo que le da nombre a la confitería y las coloridas botellas paradas en fila detrás de las dos barras. ¡Todo allí está tan bien conservado y sin elementos que desentonen que hasta un potus con una frappera como maceta parece un detalle de lo más acertado! Esta atmósfera particular; que recuerda a una Buenos Aires en la que abundaban cafetines y restaurantes elegantes con diseño arquitectónico original, y atendidos por sus propios dueños y por mozos de oficio de impecable pantalón y chaleco negro, camisa blanca y moño.
Comimos un sándwich de peceto con mayonesa en pan francés con gaseosa
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Primera opinión del lugar

Esta confitería ubicada en la calle Paraguay 802 abrió sus puertas en 1959 en épocas en que Hernán Giralt era el intendente porteño y Arturo Frondizi presidente de la Nación. En poco tiempo se ganó la adhesión de una importante clientela y se transformó en verdadero referente de la zona.
SAINT MORITZ RESCATA LOS VIEJOS VALORES DE LAS CONFITERIAS DE LA DECADA DEL 50. SU CARTA SE ADAPTA A LOS NUEVOS TIEMPOS, PERO EL AMBIENTE Y LA ATENCIoN NOS REMONTAN A UNA BUENOS AIRES PLAGADA DE CAFETINES Y DE BARES QUE TANTO EXTRAÑAMOS.

En esta esquina del barrio de Retiro, llama la atención un bellísimo y extenso cartel en letra cursiva roja que dice “Confitería”. Y para que se entienda bien, lo dice dos veces, una sobre la calle Paraguay y otra sobre Esmeralda; y justo en el medio, sobre la ochava, se lee “Saint Moritz”. Para entrar hay que atravesar las puertas vaivén de vidrio y madera y luego, una vez adentro de un inmenso salón, habrá que decidir junto a cuál de los dos ventanales sentarse aunque, en caso de estar ocupados, también vale la pena ir directamente a la barra sobre todo si es la hora del aperitivo. Totalmente revestido en madera oscura, con grandes ventanales y superficies espejadas (sus columnas, también de espejo, producen un efecto hipnótico) el estilo del lugar es, sin dudas, de los años 50, dato que luego confirmará Alejandro, uno de los dos hermanos y socios que lo administran, quien ratificó que este encantador lugar comenzó a funcionar en 1959. Haciendo un recorrido con la mirada, resaltan mucho las sillas de cuero rojo y los manteles amarillos con el nombre Saint Moritz bordado, algunos pósters con dibujos turísticos de este conocido centro de esquí suizo que le da nombre a la confitería y las coloridas botellas paradas en fila detrás de las dos barras. ¡Todo allí está tan bien conservado y sin elementos que desentonen que hasta un potus con una frappera como maceta parece un detalle de lo más acertado! Esta atmósfera particular; que recuerda a una Buenos Aires en la que abundaban cafetines y restaurantes elegantes con diseño arquitectónico original, y atendidos por sus propios dueños y por mozos de oficio de impecable pantalón y chaleco negro, camisa blanca y moño.
Comimos un sándwich de peceto con mayonesa en pan francés con gaseosa
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